
Adn me mira desde su silla en el lado izquierdo de la clase con curiosidad y atención, con toda la curiosidad y atención que sus 14 años le permiten. Pero pasa de un extremo a otro, y tan pronto como me escucha atento narrar sucesos mitológicos, historias de héroes, dioses casi humanos y oráculos, leer cuentos con mariposas en la república, o contar la historia de un soldado poeta que murió en una cárcel, me desoye cuando explico el complemento directo y abandono el mundo de la fantasía para someterme a las reglas y las líneas rectas del complemento directo, del orden del pensamiento en la sintaxis... y entonces, dejo de existir en su mundo y de importarle. A pesar de que él aún no comprenda la magia que habita en el hecho de crear significados infinitos con sólo 27 pequeños, diminutos, elementos.
A veces parece mayor, y me mira como si no necesitara a nadie y como si no pudiera aprender nada de mí, desde su inteligencia selectiva; pero otras veces me tiende, a su manera, ciertos hilos de sí mismo con los que crea tejidos de complicidad y confianza.
Él me regala canciones que no me gustan llenas de rabia y desahogo, y canciones que me emocionan; y me da palabras, palabras, palabras y más palabras con las que juega buscando rimas, ritmos, y significados nuevos en el diccionario.
Adn ha descubierto que leer, escuchar música y escribir poesía son formas de rebeldía con las que gritarle al mundo.
Porque me enseña a diario a seguir, porque me gusta que me oiga o me desoiga y elija cuándo hacerlo, porque aprendo y me contagia sus ganas y su emoción, su entusiasmo... y me gusta verlo crecer y que me siga sorprendiendo a diario...
Esta es mi parte del trato.
Thanks...