Vi a José Saramago en Jerez, hace ya algunos años, en una sala llena de gente, en un curso organizado por la Fundación Caballero Bonald, si la memoria no me falla, cosa que es bastante probable. Entonces me trajo el recuerdo de las tortugas, inteligente, callado y discreto.
Por aquel entonces yo tendría 19 ó 20 años y me había acercado a su obra y a su pensamiento a través de Todos los nombres, primero, obra que me fascinó, y Ensayo sobre la ceguera, después. Más tarde leí otros libros que no lograron borrar aquella sensación que me dejaron los primeros, la lucidez de repente.
Este narrador de la globalidad se comprometió consigo mismo y con sus creencias en la defensa de la memoria de los perdedores, y pienso, con Muñoz Molina, que habría asistido con cierto asombro y pudor a todos los actos celebrados por su muerte, llenos de políticos, grandes personalidades, etc. Quizá le resultó fácil abrazarse a ese compromiso desde una posición privilegiada como la suya, pero quizá llegara a esa posición por eso mismo, por sus riesgos, por su toma de partido, por su inconformismo continuo.
A través de sus páginas, Saramago construyó metáforas certeras sobre la convivencia de los hombres en la sociedad en que habitamos y construimos, y dejó de ver, siempre, que existe una ventana de esperanza abierta a paisajes de entendimiento, de tolerancia y de amanecer, aún en las situaciones más adversas. Que hay un mañana que puede resultar menos hostil en el que el futuro de los hombres y mujeres pueda construirse de otra forma, más igualitaria, más justa, habiendo asumido y aprendido nuestra propia historia.
Porque hay otras formas de mirar que no son las de siempre.