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lunes, 17 de mayo de 2010

Leer El Capital

Hipócrita lector, hermano, camarada,
hoy me atrevo a contar tus años y los míos:
mira tanta ceniza
como una herencia gris entre las manos,
mira sangre o asombro tu corazón y el mío tiritando
sobre el extraño hedor de las palabras muertas.

Aventada la vida -sus pavesas-,
es urgente romper hacia otro norte
aun llevando en los pasos
la certeza diaria de la muerte.

¿Acaso en tu costado no latía,
no era la misma cicatriz en todos?
¿Por qué la soledad, cómo la muerte,
sino muérdago en flor de tanto expolio?

Hoy parece imposible aquella historia,
imposible y brutal tanto mar a los lejos,
rosetta de los muros descifrados,
los raíles brillants bajo el puente y miguel,
la ciudad adentrada en el estrago
y yo desnudo aquí y en público sangrando
como si nunca nada me hubiera sucedido.

Hoy sólo sé que existo y amanece.

Javier Egea.

martes, 11 de mayo de 2010

HOY SÓLO SÉ QUE EXISTO Y AMANECE

Muy cerca del mar, enfrente, esperando tal vez en algún momento ser absorbida por las olas. Contemplando las barcas, almadías, jarcias, escolleras, las nubes que pasaban, La Nube de aquel libro. El sol, a veces furioso, otras veces tímido, hiriente, o desafiante.
Allá en la Isleta recordé Troppo mare y recordé a su autor, Javier Egea. En Las Negras mi mente recordó la cita de Passolini que encabeza el libro, "No es de mayo este aire impuro", y ya me trajo sabores de derrota. El comienzo del libro, "Extraño tanto mar, raro este cielo", me anticipó un tacto áspero, la extrañeza, el no-lugar, el no-reconocimiento, el choque inevitable entre mi realidad ficticia y mi real y tangible deseo.

Pequeñas casas blancas con destellos azules, piedras lisas, rodadas, por el paso de los días. Versos ya imposibles de separar de mí y de mi historia "pero dónde tus ojos, si sólo se tratara", "ante el aprendizaje de la vida/ ofrezco mis ruinas a tus ojos", "Te llaman luz, amor. Hoy te llamo derrota": Vienen, los repito, los expulso de mi mente para volver a repetirlos de forma tal vez incesante. Se abren heridas que forman abismos.

"Qué gran error -la trampa- los pensamientos bellos
tus ojos, la pasión, aquello de la vida."

Para saber que volveré a la Isleta como volveré a estos libros, con la misma determinación con que volveré a la trampa, al gran error de los pensamientos bellos. Con la misma determinación con la que trato de huir y de reinventarme, de crear otro camino, de buscar las alas. Con el mismo asombro y la misma sorpresa con que día a día mis ojos reciben el mundo. Sin esperanza, y con convencimiento.

Lo que pueda contaros
es todo lo que sé desde el dolor
y eso nunca se inventa.

Porque llegar aquí fue una larga sentina,
un extraño viaje,
una curva de sangre sobre el río,
mientras todo era un grito
y ya se prefilaba resuleto en latigazos
el crepúsculo.

Las historias se cuentan con los ojos del frío
y algún sabor a sal y paso a paso
-lengua y camino-
porque la sangre se nos va despacio,
sin borbotón apenas,
demsadejadamente por los labios.

Las historias se cuentan una vez y se pierden.

Javier Egea. Troppo mare.

domingo, 4 de abril de 2010

EL BAREMO DE LA FELICIDAD

Leía hace pocos días un artículo en el que Almudena Grandes decía que el baremo de la felicidad variaba considerablemente de unas personas a otras. A pesar de que no es una idea novedosa, me dio por pensar en ello, por pensar en cuál era mi baremo de la felicidad, en cómo este ha ido haciéndose cada vez más claro, más nítido en mi vida... más sencillo. Más mediocre, tal vez, pero en el mejor sentido de la palabra... Me conformo con poco... Una manta cálida, un sofá, un buen libro, un poema, una película, un interlocutor inteligente. Una risa subversiva. Un recuerdo. Unos ojos nuevos que se sorprendan. Pasear tu espalda. Con eso... ¿qué importa lo demás?
Asisto admirada a los otros baremos, a los de la tiranía que imponen el cuerpo y la imagen, a los de los cuerpos comestibles, a los de las necesidades-innecesarias que nos vamos creando y la ansiedad al no poseer, a la estupidez generalizada que mi propia estupidez no asume. Y veo cómo se agrandan, se generalizan, cómo se comen el tiempo y el silencio. Y ya todo es ruido, más ruido, más tiempo ocupado, más acción, menos quietud. Y vuelvo a pensar en el libro, las palabras, el sofá, un roce, una caricia al paso. Y me pregunto qué es lo que estamos haciendo tan mal.

"¿Recuerdas lo que queda de la vida?

¿Conoces este ritmo que es un barrio acechando,
brillante puñalada en forma de cadera
que mueve un viento seco y te mira en la esquina
con un vaso en la mano y un temblor en la boca?"

Javier Egea